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Contradicciones: Capitalismo-Socialismo

Contradicciones: Capitalismo-Socialismo Por Dr.C. Santiago Alemán Santana, MsC. Orlando Saroza Monteagudo y MsC. Jorge Pérez Méndez

Los cubanos necesitamos diferenciar, por su esencia más profunda, el socialismo que se construye en Cuba del capitalismo que reina en el mundo. Se trata fundamentalmente de entender y conformar en la práctica la identidad productor–propietario. Con total razón el Segundo Secretario del Partido y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz, ha afirmado que el principal problema del trabajo político-ideológico en Cuba consiste en que los trabajadores comprendan que son los dueños de las riquezas y actúen en consecuencia.

Aclaremos sintéticamente los términos empleados. Por productor se entiende el sujeto social cuya actividad consciente genera bienes o servicios, es decir, valores de uso que sirven a la reproducción del proceso productivo mismo y del hombre como sistema de relaciones. En esa interacción de los hombres con la naturaleza y entre sí, la creación de riqueza material en forma de instrumentos de trabajo, equipos, tecnologías, instalaciones o artículos de uso y consumo tangibles, ocupa un lugar central. Pero esto presupone reconocer además, primero, el creciente papel de determinados servicios que condicionan la capacidad productiva del hombre y, segundo, la extraordinaria significación de la riqueza espiritual que singulariza la propia naturaleza humana.

Con el término propietario se designa al sujeto social, cuya interacción con los demás se caracteriza esencialmente por su capacidad de apropiarse los medios de producción y los resultados del trabajo, hecho que puede dimensionarse desde el plano individual, hasta el colectivo o el social.

En ambos casos se trata de construcciones lógicas que expresan determinadas relaciones sociales con carácter objetivo e histórico.

Sin dudas, la identidad o no-identidad del productor y el propietario signan esencialmente el curso de la historia humana. Así por ejemplo la producción y la propiedad comunitarias particularizan las relaciones en los albores de la humanidad. En los marcos de la producción mercantil simple, presente en diversas formaciones socioeconómicas, los campesinos y artesanos son productores y a su vez propietarios privados. La esclavitud y el feudalismo, en lo fundamental, significan la ruptura de la identidad, puesto que unos pocos hombres se apropian las condiciones de trabajo, el producto de éste e incluso la integridad física de otros, mientras la enorme mayoría, constituida por los productores de riqueza, es total o parcialmente enajenada, despojada de los bienes y derechos como seres humanos.

La enajenación es un fenómeno histórico vinculado a la propiedad privada y el sistema de relaciones que ella engendra, porque la actividad de los hombres y sus vínculos se convierten en fuerzas ajenas y hostiles a ellos mismos.

El capitalismo es el reino de la total enajenación del hombre, donde la dicotomía productor–propietario adquiere dimensiones cada vez más crecientes. La objetivación del trabajo deviene enajenación del trabajo, pues su producto es ajeno, no pertenece al productor sino al propietario del capital. El trabajo es un proceso entre mercancías compradas por el capitalista (medios de producción y fuerza de trabajo) que le pertenecen, cuyo resultado es propiedad de él y no del trabajador.

El proceso de producción capitalista, enfocado en conjunto, reproduce constantemente el mundo mercantil, la generación de plusvalía, el régimen del capital, es decir, la explotación del hombre por el hombre.

En la era imperialista se agudiza el desarrollo desigual de países y regiones, la polarización social se hace extrema, el subdesarrollo genera nuevos conflictos, la crisis abarca todas las esferas y pone en peligro la propia existencia humana; llega el momento en que el monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción que ha crecido con él y bajo él; la expropiación de los usurpadores por la masa del pueblo se hace necesaria. De manera que el propio desarrollo capitalista condiciona objetivamente el cambio revolucionario y los pueblos son sus protagonistas.

Hoy, un pequeño grupo de oligarcas, dueños del capital, explotan no sólo a los obreros de todos los países sino también a los campesinos, artesanos y otros pequeños y medianos propietarios. La enorme mayoría de los países del mundo, y especialmente sus pueblos, son despojados de sus riquezas y se encuentran excluidos del desarrollo. Entonces, la revolución y el socialismo, claro que aparecen como fruto de las contradicciones de la evolución del capitalismo como sistema, pero se convierten en condiciones para el verdadero desarrollo económico-social, cuyo centro es la dignificación del hombre, su liberación definitiva, en cada país y en todas partes del mundo.

Entonces, resulta necesario perfeccionar todos los mecanismos que incentivan la actividad de los hombres, para que cada cual y todos de conjunto, aporten al máximo. Ahorrar, utilizar racionalmente los recursos, crear, aportar para recibir es la postura propia de los verdaderos dueños socialistas. Conciencia económica socialista y actividad transformadora, revolucionaria, de todos: esa es la garantía del éxito para vivir como verdaderos hombres libres. De cada uno de nosotros depende, en mucho, el enriquecimiento constante de la obra revolucionaria y la realización cada vez más plena de nuestros derechos.
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